William S Burroughs y Kurt Cobain

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La heroína formó parte de la oscura identidad de William S. Burroughs  y de Cobain, cuyo suicidio en abril de 1994 estuvo provocado no solo por su incapacidad para digerir el fétido futuro mercantil que le estaba reservado a su famoso grupo, Nirvana, sino también por los estragos de la letal sustancia.

La historia del encuentro, en octubre de 1993, entre el viejo gurú de la contracultura y el joven músico la recoge ahora un ensayo, Nada es verdad, todo está permitido de Servando Rocha, que encierra las claves de cómo Cobain, en busca de la sagrada voz de su icono literario, solo encontró a un hombre que desde finales de 1981 vivía en la tranquila Lawrence, en Kansas, a base de dosis diarias de rutina, amor de su gato y metadona.

Cuando Cobain murió, Burroughs fue parco: “Lo que recuerdo es la expresión moribunda de sus mejillas. Él no tenía intención de suicidarse. Por lo que yo sé, ya estaba muerto”. Como recuerda en su libro Rocha, Burroughs reparó en el tormento del líder de Nirvana: “Poco después, cuando Cobain se hubo marchado, Burroughs le confesó a su ayudante que había ‘algo raro en aquel chico’, advirtiendo que su invitado ‘fruncía el ceño continuamente y sin razón aparente’, como si estuviese librando una batalla secreta, una feroz y despiadada guerra interna”.

Burroughs sabía de lo que hablaba. La muerte y sus fantasmas llevaban décadas acechándole. En 1951, en Ciudad de México, con 37 años, una pistola  y el cuerpo bien cargado de alcohol y drogas, quiso jugar a Guillermo Tell con Joan Vollmer, su mujer y madre de su hijo. Erró en el tiro y Joan murió. Sin el peso por la culpa de este estúpido incidente es imposible entender su figura literaria. “Todo me lleva a la atroz conclusión de que jamás habría sido escritor sin la muerte de Joan, y a comprender hasta qué punto ese acontecimiento ha motivado y formulado mi escritura”. […]

El autor recibió a Cobain por la mañana, rodeado de su gato y de sus publicaciones sobre “armas, supervivencia y artes marciales”. Cobain llegó junto a su mánager, Alex McLeod, y un disco de Leadbelly, viejo cantante de blues que había descubierto gracias a una entrevista del escritor y que se había convertido, a sus ojos, en “el primer punk rocker”. “Estos nuevos chicos del rock&roll deberían dejar a un lado todas esas guitarras y escuchar algo que tenga realmente alma, como Leadbelly”, había dicho Burroughs.

El primer contacto de Cobain con el autor de El almuerzo desnudo había sido en la biblioteca de Aberdeen, cuando el primero era un adolescente marcado por la separación de sus padres, la mala relación con su madre y la desolación de su propia incomunicación. Burroughs, a diferencia de otros escritores, había resistido todas las pruebas del idealismo de Cobain, estaba a la altura de la misantropía y el nihilismo que marcaban su personalidad. Al referirse a los diarios de Kurt Cobain, Rocha apunta: “En última instancia, su autor perseguía cumplir la frase que Nietszche dejó escrita para que centenares de poetas, punks y enfants terribles la hicieran suya y se movieran al dictado de su ritmo: ‘El que ha perdido el mundo quiere ganar su propio mundo”.

En el encuentro Cobain-Burroughs nadie bebió, fumó o se drogó.

En la ficción, Burroughs responde: “Mi predicción para un futuro próximo es que los derechistas usarán la histeria de las drogas como pretexto para crear un aparato policial internacional, pero ya soy un hombre viejo y puede que no viva lo suficiente para ver la solución final al problema de la droga”.

Pocos días antes de morir, en 1997, escribió la última entrada en su diario. “No hay nada. No hay sabiduría final ni experiencia reveladora; ninguna jodida cosa. No hay Santo Grial. No hay Satori definitivo ni solución final. Solo conflicto. La única cosa que puede resolver este conflicto es el amor. Amor puro. Lo que yo siento ahora y sentí siempre por mis gatos. ¿Amor? ¿Qué es eso? El calmante más natural para el dolor que existe. Amor”. Su editor, James Grauerholz, aseguró que había muerto tranquilo y sereno. Al parecer, quería ser incinerado en Tánger y que luego esparcieran sus cenizas en Gibraltar. No hay Santo Grial. Solo un gato. Quizá Kurt Cobain no soportó la respuesta.

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